La culpa es de España
De entrada, clarito: en el desaguisado de los astilleros, la mayor culpa es de España. Y no de Bruselas, como pretendió la cruzada nacional-nacionalista
que colgó el sambenito de antiespañol y antiobrero al comisario Joaquín
Almunia, para expiar así los errores propios del terruño.
Fijemos antes la responsabilidad (menor) de la Comisión: haber
arrastrado los pies, al menos desde 2006 en que empezó a pedir
información a Madrid sobre el tax lease —beneficios fiscales a
los astilleros y sus inversores— y hasta que en 2011 le abrió
procedimiento de infracción. Son cinco años, un periodo a todas luces
excesivo, contra lo que sostiene Bruselas (Memo 13/696de ayer)
escudándose sin mucha base en el número de medidas, su complejidad y
opacidad. Y entre el cruce de notas, la comisaria Neelie Kroes emitió
una ambigua, poco contundente e infausta carta susceptible de varias
lecturas, también la favorable a la posición española. Bruselas:
lentitud y torpezas.
Pero eso son peanuts si se compara con el continuo desatino español. Primero, fue el Gobierno de Aznar el que estableció ilegalmente el régimen de bonificaciones fiscales
(sistema español de arrendamiento fiscal para las empresas navieras,
SEAF) desde 2002, violando el Tratado de la UE. Su artículo 108.3 obliga
a los Estados a notificar a Bruselas las ayudas de Estado con
antelación, para ser aprobadas o denegadas. No lo hizo.
Luego, el Gobierno de Zapatero no corrigió la normativa, ya ilegal
desde su gestación: debería haberlo hecho al menos desde el 30 de abril
de 2007, cuando el sistema francés, muy parecido, fue parcialmente
prohibido. Podría haber alegado el artículo 107.3, que prevé exenciones a
la regla general de que las ayudas de Estado están prohibidas —para
evitar distorsiones a la competencia—, entre ellas, la “grave situación
de subempleo” en una o varias regiones (sobre todo, Galicia).
El Gobierno de Rajoy no reaccionó tampoco con acciones de provecho en 2012, pese a que el expediente se abrió en 2011.
En la cruzada corporativa española del Gobierno, autonomías,
dirigentes socialistas locales, sindicatos y afectados, los datos
brillaron por su ausencia y/o su falsedad. Nadie ha recordado que las
amortizaciones anticipadas de los barcos y las exenciones de plusvalías a
las agrupaciones de inversores abarataban ilegalmente los buques entre
un 20% y un 30% y producían rendimientos financieros a los inversores
privados del orden del 15%, el doble de una rentabilidad elevada en
Bolsa.
Los gurús de la protesta nacional, manipulando la sensibilidad al
desempleo, han inventado cifras, como los 3.000 millones de pérdidas
para el sector. Y han alegado que se destruirán 80.000 empleos, cuando
el sector, en el momento boyante de 2010 ocupaba a 7.657 trabajadores y
generaba 38.000 empleos indirectos (ICEX, Notas sectoriales, Sector de construcción naval).
Arguyeron también que los inversores, escaldados por tener que
devolver el dinero de las ayudas fiscales, huirán del sector. No será
eso, sino que no podrán invertir así, pues el sistema ha sido declarado
ilegal; pero podrán hacerlo mediante el nuevo sistema de 2012, ya
validado por la Comisión. Además, tienen bazas para ganar pleitos al
Gobierno, pues la Dirección General de Seguros autorizó cada una de las
273 operaciones de bonificación fiscal realizadas. Eso sí, no podrán
repercutir su eventual coste a los astilleros, aunque tengan cláusulas
contractuales de garantía, pues Bruselas lo prohíbe específicamente.
La cuestión de fondo estriba en si nuestras constructoras navales
pueden sobrevivir sin ayudas exorbitantes. Si no pueden, el drama es
estructural. ¿Por qué las de países vecinos aguantan, acogiéndose a las
ayudas normales permitidas? Son muy abundantes: véase la Comunicación
C(2004)-43 de la Comisión. Desmienten la demagogia de un total desarme
neoliberal europeo frente a competidores coreanos desleales, con
salarios esclavistas.
En todo el episodio, lo más genial fue lo de Mariano Rajoy. Dijo que las decisiones de Bruselas deben ser “ajustadas a las realidades”
(¿ilegales?) de los países, en vez de al Tratado; y que deben defender
“un sector estratégico, como el naval”. ¿Estratégico? ¿Pero tiene España
sectores estratégicos? ¿Dónde los define así el Gobierno? ¿Acaso hay
política industrial?
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