Los astilleros, torpedeados
Los juristas consideran muy difícil que Bruselas dé marcha atrás en su resolución y no exija la devolución de las ayudas públicas
La construcción naval española encara este mes de julio dos citas que pueden decidir el porvenir de lo que queda del sector. El jueves, día 11, el Gobierno central y los autonómicos de Galicia, Asturias y País Vasco intentarán persuadir a Joaquín Almunia, comisario de la Competencia de la UE, para que reconsidere su propuesta de exigir la devolución de las ayudas (2.800 millones) que recibió la industria entre 2005 y 2011. El día 17, miércoles, el Colegio de Comisarios al completo oirá a Almunia y se tomará una decisión. España está tratando de persuadir jurídicamente a Bruselas y de influir políticamente para desactivar lo que, según las empresas, es un torpedo capaz de destruir los astilleros. A decir de quienes conocen los entresijos del derecho comunitario y el proceder de sus instituciones en casos análogos, es remota la posibilidad de encontrar a esta alturas un alegato jurídico que dé un vuelco al caso. Más bien, es la hora de la política.
Álvaro
Platero, presidente de la sociedad de astilleros Pymar, apunta hacia la
cuestión de fondo, la económica y social: "Sería vergonzoso que en un
momento como el actual y por un asunto del que en absoluto somos
responsables se decidiera la destrucción de más de veinte mil puestos de
trabajo en España". Las empresas, los trabajadores, los gobiernos y
todos los partidos han hecho bandera de ese mensaje en estos días.
Enfrente ha aparecido Joaquín Almunia, exministro español y también
exsecretario general del PSOE, rocoso sobre el llamado tax lease
español: "Jurídicamente no se puede perdonar", ha dicho.
Lo que "no se puede perdonar" y podría costar la extinción o al menos otra gravísima crisis en el negocio
de la construcción de buques es, según las informaciones recabadas
entre especialistas, el resultado de una actuación imprudente de los
gobiernos desde 2002, de las presiones de países competidores con
grandes intereses en apartar del mercado a los astilleros españoles y
del modo de actuar de la gran maquinaria político-burocrática de la
Unión Europea.
Para el
derecho comunitario y para el departamento del comisario Almunia, las
reglas son básicamente así: en aras de la libre competencia, los
tratados de la UE determinan que no son posibles las ayudas estatales a
las actividades
económicas salvo en las excepciones previstas (ayudas a las regiones, a
la creación de empleo en las pymes, en favor del medio ambiente...) o
cuando expresamente sean autorizadas por la Comisión; esto último
conlleva que todo sistema de apoyo público decidido por un Gobierno debe
ser notificado al Ejecutivo europeo para que éste determine si
distorsiona o no la competencia.
Ahí
reside, indicaron los especialistas consultados, el principal talón de
Aquiles de la posición jurídica española: el sistema de tax lease en
discusión fue creado en 2002, siendo presidente del Gobierno José María
Aznar (PP), y se mantuvo durante los años siguientes y hasta 2011,
siendo presidente José Luis Rodríguez Zapatero (PSOE), sin que unos u
otros lo notificaran a Bruselas. Según una interpretación contrastada
con expertos, tal parece que España optó por la estrategia del "tira que
libras", ante el riesgo de que la Comisión Europea considerase las
ayudas incompatibles con las normas comunitarias.
El
tax lease es un sistema análogo al que se aplica en otros países
europeos con astilleros. Consiste en un sofisticado mecanismo de
contratación que, mediante fórmulas de ingeniería financiera y
tributaria legalmente autorizadas por los estados, otorga a las
compañías navieras (las que encargan los barcos) y a las sociedades
inversoras (invitadas a participar a cambio de importantes deducciones)
beneficios fiscales que a la postre propician que el precio del barco
salga en torno a 30% más bajo. Todo legal bajo la normativa del país. Un
dirigente gallego del sector ha verbalizado estos días la
contradicción: "¿Cómo es posible que nos condenen al cierre por hacer
algo legal?".
Otra aparente
contradicción: a finales de 2012, cuando el sistema anterior estaba
paralizado y Competencia lo investigaba, la propia Comisión Europea
autorizó un nuevo modelo de tax lease español que, según Álvaro Platero,
únicamente cambia en "cuatro retoques técnicos", aunque también rebaja
el impacto económico sobre el precio del barco contratado.
Ese
sistema sí fue notificado y pasó el filtro de Bruselas. El otro quedó
contra las cuerdas en 2011, cuando Holanda, país con una poderosa
industria de astilleros, presentó denuncia contra el tax lease español
ante la Dirección General de la Competencia. A esta denuncia se sumaron,
entre otros, Francia, Finlandia y Noruega, potencia naval que no
pertenece a la UE pero sí al Espacio Económico Europeo, que permite a
ciertos países participar en el mercado interior de la Unión sin formar
parte de ella.
"Del tax lease mejor
hablar poco", decía en 2011 Miguel Sebastián, ministro de Industria,
cuando en Galicia se le preguntaba por la investigación en marcha.
Sugería Sebastián que el Gobierno de Zapatero estaba negociando en la
sombra una solución no traumática. Ni la consiguió aquel Ejecutivo ni la
logró el actual cuando, el pasado 5 de junio, Mariano Rajoy y sus
ministros económicos se reunieron con el Colegio de Comisarios para
abordar varios asuntos relativos a España. El encuentro de entonces con
Joaquín Almunia no doblegó al comisario español de la Competencia.
El
Gobierno ha lanzado ahora, junto a las autonomías afectadas, a las
empresas y a los sindicatos, una nueva ofensiva política y legal. El
ministro de Industria, José Manuel Soria, y la vicepresidenta, Soraya
Sáenz de Santamaría, han remarcado estos días que existen argumentos
jurídicos "de sobra" para evitar la devolución del tax lease. Ha
trascendido que se ha puesto énfasis en dos principios: el de "confianza
legítima" y el de "seguridad jurídica".
Confianza
legítima. Es un principio muy presente en la jurisprudencia del
Tribunal de Justicia de la Unión Europea. La confianza legítima protege
las expectativas que se hayan podido crear en las personas o las
empresas sobre la estabilidad de una determinada situación jurídica con
base en las actuaciones de las instituciones comunitarias. Por ejemplo,
en el caso del naval, que la anterior Comisaria de Competencia, Neelie
Kroes, expresase en una carta que el régimen de tax lease español no era
discriminatorio y que determinaba que no se debían realizar más
actuaciones en relación al mismo, generó confianza legítima en el
sistema.
Seguridad jurídica. El
principio de seguridad jurídica exige que las normas sean claras y
precisas y que su aplicación resulte predecible. En el caso del tax
lease, el hecho de que la Comisión no actuase en contra del régimen de
tax lease en nueve años, unido a las decisiones adoptadas por la
Comisión en ese periodo en las que señalaba que el sistema español no
contenía ayudas de estado, indujo a los participantes en las operaciones
investigadas a creer de buena fe que el sistema que se estaba aplicando
era compatible con el derecho comunitario.
Está
presente también el precedente de Francia: se ilegalizó su tax lease,
pero Europa no impuso la devolución de las ayudas. Y desde España se ha
cuestionado asimismo que empiece en 2005 la obligación de reintegrar el
dinero, cuando, según este criterio, tal obligación solo debería contar
desde 2011, año de inicio de la investigación.
Son
argumentos todos que, no obstante, los expertos consultados ven más
propios de la batalla legal que se produciría ante los tribunales
europeos o nacionales si la decisión del 17 de julio es negativa para
España, que capaces de cambiar ahora la determinación del Colegio de
Comisarios. De ser así, queda la baza política: que el país consiga que
pese más la amenaza de un desastre para la industria nacional y el
empleo que las reglas de la UE y las presiones de los países con
astilleros competidores. "Detrás de todo esto hay una guerra comercial",
avisa Álvaro Platero.
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